miércoles, 9 de agosto de 2017

Los Molinos de Don Quijote




La explanada se extendía a lo largo del valle, bañada por el color pajizo de la hierba seca. La brisa, bochornosa y pesada, traía con cada ráfaga oleadas de hedor. Ambos caminaban en silencio arrastrando los pies bajo los escasos rayos de sol que comenzaban a iluminar la mañana.
     Tras de sí quedaba el pueblo, silenciado por la plaga que el Hidalgo afirmaba estar siendo perseguido. Sancho alzó la cabeza y contempló detenidamente a su dirigente. Lo había tomado por loco cuando había irrumpido en su habitación, gritando que debían abandonar el pueblo si no querían recibir la misma suerte que el resto de ciudadanos.
     Sin embargo, en efecto, el pueblo estaba desierto; las casas vacías y ningún rastro de violencia ni resistencia.
     —Ahora mismo estamos a merced de la suerte. Deberíamos procurar llegar a la ciudad que cruza el río antes de que vuelva a anochecer.
     —La ciudad más próxima está a dos días de camino, mínimo —exclamó irritado. Notaba las llagas en las plantas de sus pies rozando contra la tela desvencijada de las alpargatas—. No podemos llegar en un día.
     El Hidalgo se detuvo y, dirigiéndole una mirada soberbia, lo abofeteó con el dorso de la mano.
     —Aquellos que allí ves, son los que acabaron con el pueblo —dijo señalando la explanada.
     Sancho volvió la cabeza y entrecerró los ojos. Varios molinos se divisaban ya, todavía diminutos, pero apreciables.
     —Señor, aquellos no son más que molinos, y las aspas, movidas por el viento, le otorgan el característico movimiento.
     El Hidalgo sacudió la cabeza negativamente. Abrió su bolsa y sacó dos hachas y un puñal. Le entregó éste último y dirigió la vista de nuevo a los molinos.
     —Aquellos son los no muertos que arrasaron nuestra aldea, amigo. —Cogió una piedra del camino y la deslizo sobre la hoja del ya pulido acero—. ¡Ellos masacraron a nuestros parientes!
     Sancho bajó la cabeza. La hoja del puñal llevaba tiempo oxidado, cubierta de un apagado tono cobrizo. El Hidalgo le asió del hombro con suavidad.
     —Es evidente —continuó el Hidalgo—, que no estás acostumbrado a desafíos o aventuras. La distancia los empequeñece, pero está claro que son los no muertos de los que logré escapar la noche pasada. —Le arrancó de la mano el puñal y apuntó hacia el horizonte—. Si tienes miedo, limítate a hincar la rodilla y a rezar a ese dios que no te dará ningún arma como esta.
     Sin decir más palabra, emprendió el camino de nuevo con semblante altivo.
     Tras él, Sancho contemplaba su paso renqueante, cavilando en los disparates que la demencia había ido causando en el que había sido su mayor compañero desde la infancia.

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